Cuando un Amigo se Va al Cielo

El cristiano ante la pérdida de un ser querido

En noviembre recordamos a los difuntos y también a todos los santos. Santo no es quien tiene una aureola y su nombre en el calendario: Santo es todo aquél que ha entrado al cielo. La Iglesia los celebra a todos el 1 de noviembre. No todo el que muere entra al cielo. Muchos deben purificarse en el purgatorio. Así, el 2 de noviembre celebramos a los difuntos y pedimos a Dios por ellos, para que puedan entrar al cielo.

Qué bendición saber que los santos no solo se encuentran en una estampa. Hay santos de carne y hueso viviendo entre nosotros. Son difíciles de encontrar, porque no tomamos en serio nuestro cristianismo. Si lo hiciéramos, conoceríamos muchos santos.

Conocí a Jaime en la preparatoria. Compartíamos nuestra fe como con nadie más. Soñábamos con ser hermanos maristas. Dios tenía otros planes para nosotros. Formamos nuestras familias, pero siempre nos dedicamos al apostolado. Él era jovial y afectuoso, buena gente hasta con sus enemigos. Cuando uno vive su fe a pecho descubierto, sin querer se encuentran enemigos. Pero Jaime sabía tratar a quien lo atacara con una afabilidad irresistible.

Hace unos años, enfermó. Con el tiempo agravó. Tuvo que dejar de trabajar y pasaba mucho tiempo en cama. Hace unos meses fui liquidado y tuve que buscar trabajo. Luego de 12 entrevistas precisaba de un trabajo urgentemente. Jaime me llamó desde México. Quería que supiera que me acompañaba en mi difícil situación. “Llevo meses en cama y cada vez me siento peor. Tú sabes, la cruz pesa, pero solo hay dos opciones, como los ladrones del calvario: Te quejas y haces de tu cruz una maldición o le sacas provecho y haces que sea una cruz de bendición. Quiero que sepas que estoy ofreciendo todos mis dolores porque pronto encuentres trabajo. ¡Que valga la pena estar enfermo!”

Al día siguiente, Jaime empeoró y fue hospitalizado. Me sentí fatal. Pero ese mismo día, ¡me ofrecieron empleo! El sacrificio de Jaime había sido acogido por Dios y había respondido dándome el trabajo que tanto necesitaba.

Hace unas semanas envió una nota: “No quiero preocuparte, pero necesito que reces por mí con más fuerzas que nunca”. En la catedral pasé una hora ante el Santísimo pidiendo por su salud. Pedí a Dios que Jaime no perdiera las fuerzas y menos, la alegría. Tomé fotos con mi teléfono y se las envié. Me aseguró sentirse reconfortado.

Dos semanas después, Jaime murió. Justo el 8 de septiembre, día del Nacimiento de la Virgen. Y seguro estoy, que fue llevado al cielo de la mano de María. En Jaime se cumplió la promesa de Sn. Marcelino Champagnat, fundador de los maristas: “A Jesús, por María”.

Jesús dijo que “Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos”. (Juan 15,13) Jaime ofreció sus dolores por mí y Dios lo escuchó. He sido amigo de un santo cuya fiesta es el 1 de noviembre. Y me ha dado el ejemplo de que se puede. Se puede en vida, ser santo.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Este artículo fue escrito para la edición de noviembre de la revista Northwest Catholic http://www.nwcatholic.org
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Hombre y Mujer los Creó, y Bendíjolos Dios

La Iglesia al rescate de la única familia que Dios creó

Salvaguardar la integridad y dignidad de la familia como Dios la concibió es obligación de todos los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad, porque todos pertenecemos a una familia. Hoy, más que nunca en la historia, la familia se ve amenazada por todos los flancos con opiniones, realidades y hasta posturas políticas que comprometen su integridad: divorciados con nueva unión, parejas sin matrimonio, uniones entre personas del mismo sexo y su eventual adopción de hijos, familias monoparentales, alquiler de vientres y el debilitamiento de la fe en el sacramento del matrimonio y en la confesión.

Si la familia es la célula base de la sociedad, que no nos sorprenda que al contaminarse una familia y después otra, la humanidad comience a padecer un cáncer social de repercusiones mayúsculas.

Asumir que una familia está formada por padre, madre e hijos pareciera obvio. Pero bien dicen que lo obvio, si por obvio se calla, por callado se olvida. Evidentemente, los habitantes del mundo contemporáneo han comenzado a olvidarse de lo obvio. Y más grave aún, han comenzado a obviar lo que contradice a la familia y a la voluntad de Dios. Actitudes que por siglos fueron universalmente reprobadas, ahora son aceptadas y hasta promovidas. Es preciso volver a hablar acerca de lo que debería ser obvio.

Tan grave es el problema que la familia es la prioridad pastoral de la Iglesia Católica actualmente. El Papa Francisco se ha visto en necesidad de convocar un sínodo extraordinario de obispos, que se reúnen estos días de octubre en Roma para discutir las situaciones que ya he citado. Los obispos se reunirán en 2015 nuevamente en otro sínodo para sugerir al papa soluciones pastorales que ayuden a custodiar la sacralidad del matrimonio, a resaltar la belleza de la familia completa y a curar el cáncer familiar que poco a poco nos ha ido invadiendo como sociedad. Más adelante el papa habrá de emitir una exhortación apostólica donde establecerá las directrices pastorales que como Iglesia habremos de poner en práctica en este esfuerzo por rescatar, promover, custodiar y exaltar la familia que Dios mismo pensó.

Pero, ¿qué ha provocado que la sociedad haya desvirtuado el concepto de la familia auténtica? Jesús mismo enfrentó esta situación ante un pueblo de Dios que aceptaba el divorcio en contra del designio de su Padre. Advirtió entonces, “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo … los dos se harán una sola carne? … Moisés, por la dureza de vuestro corazón, os permitió divorciarse, pero al principio no fue así.” (Mateo 19,4.5.8) “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre.” (Marcos 10,9)

Es la dureza de corazón la que hace desdeñar la voluntad de Dios al respecto de la familia y acoger los caprichos propios. Pidamos a Dios un corazón dócil a su voluntad y a la vez firme para resistir estos embates. ¡Que nada ni nadie haga mella en nuestra familia! Lancémonos juntos, guiados por el papa y los obispos en seguimiento de Jesús, al rescate de la única familia que Dios soñó y de la cual nos ha hecho partícipes.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Este artículo fue escrito para la edición de octubre de la revista Northwest Catholic http://www.nwcatholic.org
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Celebrar el Día del Trabajo ¿Desempleado?

El cristiano ante la dura prueba de la falta de un medio de sustento

Tras laborar exitosamente por 13 años para cierta empresa de tecnología, repentinamente fui llamado al igual que todos mis compañeros a la oficina del gerente. Con un mensaje aprendido de memoria, frío e impersonal, informó a cada uno que la empresa había decidido cerrar el área. Sin más, los 18 que conformábamos mi grupo de trabajo quedamos desempleados. Entre miles más que ese mismo día la empresa recortó. Y entre muchos miles más que cada mes pierden su empleo por doquier sin importar su esfuerzo, su buen desempeño ni su lealtad.

Cuando alguien deja a otra persona sin empleo, le quita su fuente de ingresos, trastorna su estabilidad económica, le roba la paz y muchas noches de sueño. Provoca que muchas parejas entren en conflicto, que otros caigan en la depresión y que varios sucumban al alcoholismo. A no ser que sea por un mal desempeño continuo o por deshonestidad, estoy convencido de que cuando alguien deja a otro sin empleo, debe pedirle perdón a Dios. Porque el daño causado suele ser mucho.

Los hijos de Dios tenemos la bendición ante estos casos, de poder acogernos a nuestro Padre providente con confianza. Tenemos además por ser cristianos, la posibilidad de perdonar a quien nos ha despedido injustamente y desterrar así el enojo y el resentimiento que un despido conlleva. Pero siendo humanos, tendemos a sentir miedo, afligirnos y preguntarnos mil veces, “¿Por qué a mí?”.

Siempre me ha gustado acercarme a Dios en la espiritualidad. Pero este tiempo de prueba significó para mí el acercamiento más profundo, la búsqueda más incansable y la oración más persistente a Dios en toda mi vida. Aprendí a decir en horas y en deshoras, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.” (cf. Lucas 18,13)

Al perder mi empleo muchos vinieron en mi auxilio sin yo pedírselos. Buscaban plazas abiertas, me recomendaban con conocidos, se unieron  y — aunque no lo necesitábamos — armaron una despensa para varios meses. Y oraron por mí y por mi familia con todas sus fuerzas. Hasta que el Señor me bendijo con un empleo nuevo, más interesante, de mayor contribución al bien social y hasta mejor pagado.

Comprendí que Dios permite estas pruebas porque nos hacen acercarnos más a él, nos dejan claro que no podemos solos y que dependemos de él y dan a los que nos rodean la oportunidad de ser mejores personas e hijos de Dios. Si nunca enfrentamos dificultades, ¿cómo pueden nuestros amigos practicar la solidaridad, la generosidad y la oración por los demás?

Pasada la prueba, todos ganamos: Yo conseguí un mejor trabajo, mi familia se acercó más a Dios y nos unimos más entre nosotros. Aprendimos a ser más ahorrativos y mejor administrados. Y mis amigos se hicieron mejores cristianos.

En septiembre celebramos en los Estados Unidos el Día del Trabajo. Si no tienes empleo, por experiencia te lo digo: Confía en el Señor y sé valiente. No ceses de repetir con el corazón en la mano, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.” En el momento más oportuno, su mano providente te ofrecerá el trabajo que tanto necesitas.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Este artículo fue escrito para la edición de septiembre de la revista Northwest Catholic http://www.nwcatholic.org
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El Día que Vi un Pelícano, una Palmera y un Espejo

He hecho una costumbre al salir de vacaciones con mi familia recordarme una y otra vez las palabras de la Sabiduría: “Por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su creador.” (Sabiduría 13,5) El mismo Dios que nos bendice con trabajo nos bendice también con momentos de descanso. Descubrir su presencia en cada momento hace de las vacaciones no solo un tiempo de descanso, sino también un tiempo de alabanza.

Veraneando en México en un hotel al lado de la playa, flotaba de espaldas en las frescas aguas de la piscina. Mis hijos jugueteaban alegremente y mi esposa leía una revista. De pronto el vaivén de las aguas me llevó debajo de una palmera y ahí me dejó un buen rato. Contemplaba la palmera y recordaba cómo en la historia del pueblo de Dios, la palmera ha sido un símbolo de la eternidad de Dios, debido a que esta planta suele vivir muchos años. Es la razón por la que en Domingo de Ramos hacemos una procesión con palmas, para significar con este gesto que gritamos a Jesús “¡Larga vida al Rey!”.

Las aguas me arrastraron nuevamente y vi entonces un pelícano surcando el cielo. Me llamó la atención pues era la primera vez que veía un pelícano en mi vida. Lo miré con atención y vi cómo su pico dibujaba la forma de una bolsa de la cual salía lo que parecía un pescado todavía moviéndose. Recordé entonces que el pelícano es usado desde antiguo como un símbolo de nuestro Señor Jesucristo. Esto se debe a que se pensaba que los pelícanos, cuando no encontraban alimento, sacaban sangre con su pico de su propio pecho para con ella alimentar a sus crías. Esto siempre ha recordado a la Iglesia del Cristo que se entregó para que al ser traspasado, su sangre se tornara en bebida de vida eterna para nosotros.

Estas reflexiones me hicieron recordar aquella frase de la Sabiduría. Ciertamente, poniendo atención puede uno descubrir a Dios a través de su creación.

El domingo, aún de viaje, fuimos a misa y dimos gracias por nuestro viaje de verano y los gratos momentos que juntos habíamos compartido. De rodillas ante el altar, noté que el mantel tenía bordado un pelícano. A un lado del sagrario, había un espejo y al otro ¡una palmera! Las criaturas de Dios que un par de días antes había notado estaban representados como símbolos sagrados en esta iglesia. Sumados a ellos, este espejo, que es un símbolo de María, el “espejo de justicia” pues su rostro es el reflejo inmaculado del cumplimiento absoluto de la ley de Dios.

Este verano te invito a contemplar la naturaleza atentamente. Encontrarás detrás la mano de Dios que te bendice y no tendrás más remedio que darle gracias y alabarlo. Si viajas, nunca dejes de ir a misa y aprovechar para recorrer con atención la iglesia. Busca un pelícano, una palmera y un espejo y comparte su significado con tu familia.

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Este artículo fue escrito para la edición de Julio-Agosto de la revista Northwest Catholic http://www.nwcatholic.org
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El Verdadero Significado de Pentecostés

Es Domingo de Pentecostés. 50 días han pasado ya desde la Pascua en que Jesús resucitó. De hecho, la palabra pentecostés viene del griego penhékonta que significa justamente, 50.

El Domingo de Pentecostés también se conoce como Domingo de Trigo, porque 50 días después de la Pascua los judíos celebraban la fiesta del Shabuot, una fiesta agrícola para dar gracias por la cosecha del trigo.

Posteriormente, el Shabuot tomó el sentido de conmemorar el aniversario de la institución de la Ley que Moisés recibió del Señor en el Sinaí (Ex 19,3-20).

Fue precisamente ese día, que el Espíritu Santo descendió sobre María y los apóstoles en el Cenáculo. Justamente en el cenáculo, donde Cristo instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio y donde estableció la Ley del Amor.

El Espíritu Santo se posó sobre ellos como llamas de fuego, y cada uno de los apóstoles comenzó a hablar lenguas distintas, y más de 3,000 personas se convirtieron, según refiere Lucas en sus Hechos de los Apóstoles.

La Solemnidad de Pentecostés es para nosotros el cumpleaños de la Iglesia, pues fue en la fiesta de Pentecostés cuando la Iglesia nació como obra y gracia del Espíritu Santo. Hay dos claves teológicas que no podemos dejar de lado: En primer lugar, el Espíritu Santo descende y la Iglesia nace. Desciende en ese momento en el Cenáculo para que la Iglesia nazca entre María y los apóstoles. Este descendimiento del Espíritu Santo para convertir un grupo de apóstoles en Iglesia, nos recuerda cada vez que el Espíritu Santo desciende para transformar algún elemento en sacramento, pensemos simplemente en la consagración del pan y el vino para transformarse en la Eucaristía. Así, al descender El Espíritu Santo sobre esta comunidad formada por María y los apóstoles, se transforman en sacramento de salvación. La Iglesia que hoy nace es pues, sacramento de salvación.

La otra clave teológica la encontramos en el hecho de que este acontecimiento tenga lugar precisamente el día del Shabuot, cuando los judíos conmemoraban la institución de la Ley de Dios en el Sinaí en alianza con el pueblo de Israel. Jesús dijo que no había venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento y plenitud. Así, justo en esta fiesta, nace la Iglesia, dándole plenitud a la Ley del Sinaí.

Desde un punto de vista bíblico, lo que los Hechos de los Apóstoles nos refieren sobre lo acontecido en Pentecostés, es la antítesis de lo que sucedió en Babel en el Libro del Génesis (Gn 11,1-9). Recordarás que en aquellos días los hombres trataron de hacer una torre muy alta, no como empresa arquitectónica sino como fruto de una arrogancia comunitaria. El Señor consideró que de culminar su obra majestuosa, se olvidarían incluso de El, y decidió confundir sus lenguas. Babel significa confusión. Las personas al no comprenderse más, se dividieron en naciones iniciándose así justamente “la era de las naciones”. Ahora en Pentecostés, al los apóstoles hablar distintas lenguas, comienzan por convertir a 3,000 personas. La Palabra de Dios a partir de este momento,irá uniendo a las naciones que se dividieron por hablar cada una distintas palabras.

El Domingo de Pentecostés, entre la Segunda Lectura y la Proclamación antes del Evangelio, rezamos una bellísima Secuencia especial para invocar al Espíritu Santo en este día tan grande para la historia de la salvación. Vale la pena poner atención a cada verso de esta hermosa secuencia. Y a la vez, hacer nuestras sus palabra y con ellas entrar en diálogo sublime con el Espíritu Santo que hoy desciende sobre nosotros:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

¡Apasiónate por nuestra fe!

-Mauricio I. Pérez

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Estudiante recién graduado: ¡Tu momento ha llegado!

“Todo tiene un tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo: su tiempo el nacer y su tiempo el morir; su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado”. (Eclesiastés 3, 1-2) Yo agregaría a estas bellas palabras del Libro del Eclesiastés: “su tiempo el estudiar y su tiempo el trabajar; su tiempo el soñar y su tiempo el hacer realidad los sueños de la infancia; su tiempo el ser alimentado por nuestros padres y su tiempo el cuidar de ellos”.

Recuerdo con emoción el día en que me gradué de la universidad. Nunca imaginé que fuera a ser tan emocionante. En el gimnasio de baloncesto los miles de estudiantes que nos graduábamos éramos llamados uno por uno para recibir del rector el preciado diploma con nuestro título impreso en letras doradas. Al escuchar mi nombre, todo fue como en cámara lenta. Llegué ante el rector y me dijo al entregarme el diploma: “Tus papás deben sentirse muy orgullosos de ti y tú siempre debes estarles agradecidos por lo que te han dado”. Tomé mi diploma y como levitando entre las nubes volví a mi silla en medio de mis compañeros.

Al terminar la ceremonia, corrí fuera del gimnasio buscando a mis papás. Esquivé varios muchachos — hombres y mujeres — que abrazaban a sus papás y con emoción lloraban. Los nudos en la garganta que se habían atado por la emoción durante la ceremonia, ahora se reventaban dejando salir con lágrimas lo que las palabras no lograban articular: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Gracias a Dios que me permitió estudiar y llegar hasta el final. Gracias a todos mis maestros que me llevaron de la mano hasta este gran día. Gracias a mis papás por su esfuerzo titánico para ayudarme a realizar mis estudios.

Mi emoción se acrecentaba al darme cuenta de una tremenda realidad: Hasta ese momento, mi vida toda, por completo, se había dedicado al estudio. Era ahora el momento de trabajar y así, iniciar el segundo episodio de la historia de mi vida.

De niño, soñaba con un día ser ingeniero. Todo tiene un tiempo y cada cosa su momento bajo el cielo. Había llegado el momento de hacerlo realidad. Porque bien sabía que un diploma no bastaba. Era el momento de aprovechar cada uno de los dones que Dios me dio para ejercer mi profesión con empeño y dignidad y enarbolando siempre los valores cristianos.

Hasta ese día, fui cuidado, educado y alimentado por mis padres, de quienes nada me faltó. Había llegado el momento de comenzar a proveer yo para ellos. Al menos por gratitud, pero sobre todo, porque el profesionista que nunca desampara a sus padres cumple con el mandato de Dios “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

Querido amigo, amiga que te estás graduando: Tu momento ha llegado. Haz realidad tus sueños, nunca te olvides de tus padres y haz de tu trabajo cada día una obra de alabanza a tu Padre Dios que te ha bendecido con los estudios que en estos días han culminado.

¡Apasiónate por nuestra fe! 

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Escrito para la edición de Mayo, 2004 de la revista Northwest Catholic de la Arquidiócesis de Seattle.
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La Canonización del Papa Juan Pablo II y los Crímenes de Marcial Maciel

¿Puede la confianza de Juan Pablo II en el fundador de la Legión de Cristo poner en entredicho su santidad?

Mauricio I. Pérez | 25.04.14

El Domingo de la Divina Misericordia de 2014 será recordado por la histórica canonización de dos papas: Juan XXIII, el Papa Bueno y Juan Pablo II el Grande. La fecha de la canonización no ha sido escogida al azar: Juan Pablo II mismo instituyó la fiesta de la Divina Misericordia cuando visitaba en Polonia el lugar donde santa Faustina recibió del Señor la consigna de promover la devoción a su Divina Misericordia. Juan Pablo II fue un gran devoto de la Divina Misericordia y por ello instituyó esta fiesta. El Señor le concedería años después morir y entrar al Cielo justamente en la víspera del domingo de la Divina Misericordia. Es decir, al comienzo de la fiesta misma. Resulta por todo esto imposible disociar la vida, muerte y entrada al cielo del nuevo beato de la Divina Misericordia del Señor.

El decreto de beatificación fue emitido tras reconocerse formalmente que se obró un milagro por intercesión del Juan Pablo II. El avanzado Parkinson de la religiosa Marie Simon Pierre Normand fue inexplicablemente curado tras pedir la intercesión de Juan Pablo II por su salud. El decreto de canonización por su parte, se ha emitido tras reconocerse la curación inexplicable, por intercesión del ya beato Juan Pablo II, del aneurisma cerebral de Floribeth Mora. Esta curación sucedió precisamente el 1 de mayo de 2011, misma fecha en que Juan Pablo II fuera declarado beato por el Papa Benedicto XVI.

Vemos sin embargo que, pese al gozo de la Iglesia por el anuncio de este gran acontecimiento, muchos hay, católicos y no, que protestan o al menos ponen en entredicho la canonización pues afirman que habiendo encubierto al fundador de la Legión de Cristo, Marcial Maciel, la santidad del Papa queda anulada.

Marcial Maciel siempre gozó de la confianza y del cariño del Papa Juan Pablo II. Maciel fue fundador de la Legión de Cristo y el movimiento Regnum Christi en 1941 y 1951 (originalmente la Legión de Cristo recibió el nombre de “Misioneros del Sagrado Corazón y la Virgen de los Dolores”). Pero fue acusado en los noventas de haber abusado sexualmente de seminaristas además de que se reconoció públicamente en 2009 que había tenido al menos una mujer y algunos hijos. Igualmente se sabe que fue adicto a la dolantina, un derivado de la morfina. El Papa Benedicto XVI lo sentenció en 2006 a una vida de silencio y penitencia, alejado del ejercicio de su ministerio sacerdotal. Poco más de un año después, en enero de 2008, Marcial Maciel murió.

El daño moral que provocó Maciel fue inmenso. A unos los dañó sexualmente. A otros les ha dejado en el alma el mismo dolor que deja a un hijo un padre que es infiel a su esposa cuando es descubierto. Algunos han dejado la Legión y el Regnum Christi. Otros –muy pocos- abandonaron el sacerdocio. Pero por otro lado, al mismo tiempo las obras fundadas por Maciel han hecho un bien mayúsculo a miles de personas. Si toda vida cristiana es un claroscuro, con sus luces y sus sombras, la vida de Maciel fue en definitiva, en blanco y negro.

Recientemente la Legión de Cristo terminó un extenso proceso de renovación ordenado por Benedicto XVI. Sus constituciones han sido revisadas y renovadas y aprobadas por el Papa Francisco, iniciando un nuevo capítulo en la historia de la Legión de Cristo, disociada ya de la sombra de su fundador, de quien incluso desde hace tiempo ya se habían retirado sus fotografías en los inmuebles de la Legión por órdenes de su Director General en aquel tiempo, el P. Álvaro Corcuera. Además de que se había prohibido también seguir haciendo públicos los escritos de Maciel, de quien sabemos que incluso había plagiado escritos de espiritualidad para publicarlos como propios.

Muchos no logran entender cómo fue que el Papa Juan Pablo II no actuara en contra de Maciel en su momento.  Peor aún, no logran comprender cómo pudo confiar tanto el Papa Juan Pablo en aquél a quien su sucesor Benedicto XVI ha llamado un “falso profeta” (Seewald, P. “La Luz del Mundo”).

Comprender por qué Juan Pablo II confiaba en Marcial Maciel no es difícil. Fue Maciel quien hizo gestiones mediante la madre del presidente de México José López Portillo para lograr que Juan Pablo II realizara el primer viaje en la historia de su pontificado. En 1979 se celebraría el CELAM en la ciudad de Puebla y para el Papa resultaba forzoso participar en esta reunión de todos los obispos de América Latina. Pero México en ese tiempo no sostenía relaciones con el Estado Vaticano, lo que imposibilitaba que el Papa viajara a México en calidad de Jefe de Estado. Pero la astucia de Maciel y su amistad con la madre de López Portillo hicieron posible este viaje que sería el primero de muchos. En ese viaje descubriría el Papa el valor de viajar y por ello, tras ese viaje a México, Juan Pablo II se convirtió en “el Papa peregrino”.

Además Marcial Maciel había fundado la Legión de Cristo. Una orden sumamente ortodoxa, apegada sin condiciones al Papa y sin concesiones al Magisterio. Una orden en rápido crecimiento que captaba vocaciones sacerdotales al por mayor. Junto a la Legión, Maciel fundó el movimiento laical Regnum Christi. Juan Pablo II siempre fue un ferviente promotor de la santidad de los laicos y este movimiento era sin duda un buen canal para este propósito. Los colegios de los legionarios y del Regnum Christi hacían mucho bien a miles de estudiantes. Y todas estas obras habían sido fundadas por Maciel. ¿Cómo no habría el Papa de confiar en él?

Algo que resulta de particular importancia para comprender este asunto, es la realidad innegable de que la persecución siempre ha sido parte intrínseca de la vida de la Iglesia. Si en los albores del cristianismo la persecución de los cristianos se manifestaba de formas sangrientas por el Imperio Romano, en el siglo XX -y hoy en el XXI- la Iglesia es perseguida a través de los medios de comunicación con una estrategia muy obvia: buscar el desprestigio. La fuerza moral de la enseñanza del Evangelio es fuerte obstáculo para los fines de muchos. Así, la mejor forma de dañar a la Iglesia –suponen sus enemigos- es lograr que la gente dude de ella. Para ello, es preciso desprestigiarla. Es entonces necesario sacar a la luz pública todo lo malo que pueda encontrarse en la vida de obispos y sacerdotes. Y como esto no es suficiente, es común presentar información manipulada a fin de desacreditar mediante la calumnia a muchos de los miembros de la Iglesia.

La calumnia a cardenales, obispos y sacerdotes de renombre  como medio de persecución es sumamente común. Acusar de crímenes no cometidos a sacerdotes y obispos es frecuente. Y el Papa Juan Pablo II lo sabía mejor que nadie. No sólo porque en Polonia sufrió la persecución del gobierno comunista que a fin de lograr atraparlo colocaban incluso micrófonos secretos en su confesonario, sino además porque como obispo y luego como Papa conocía de sobra casos de acusaciones infundadas con tal de desprestigiar a quienes construyen con más fuerza el Reino de Dios. La Legión de Cristo y el Regnum Christi sin duda coadyuvaban con fuerza al establecimiento del Reino de Dios cuando las primeras acusaciones sobre Maciel se hicieron públicas. ¿Por qué habría el Papa de dudar de Maciel?

Por otro lado, es imposible soslayar la abrumadora carga de trabajo de un pontífice. Todos sabemos que Juan Pablo II pasaba larguísimas jornadas de trabajo, incluso en su edad más avanzada, atendiendo un sinfín de tareas. Tiempo al Papa, le faltaba. Nunca le sobró. Razón por la cual mucho es delegado a los dicasterios correspondientes. Un Papa no puede hacerse cargo personalmente de cuanta acusación de un sacerdote se reciba en la Santa Sede. Este asunto estuvo principalmente en manos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, no de Juan Pablo II, cuyo prefecto en ese tiempo era el Card. Joseph Ratzinger.

En el libro-entrevista de Peter Seewald publicado recientemente, “Luz del Mundo”, el Papa Benedicto XVI reconoce que, en efecto, este asunto fue atendido con lentitud y tardíamente. Sin embargo, explica que esto se debió a que de alguna forma, todo estuvo muy bien escondido, de tal manera que no fue sino hasta el año 2,000 que la Santa Sede tuviera pruebas fidedignas de lo que antes eran solamente acusaciones.

Nadie puede proceder legalmente contra nadie sin pruebas. Las acusaciones no bastan. Y como decíamos antes, las acusaciones falsas son parte de la vida misma de la Iglesia. Esto sin duda complicó las cosas y explica en gran parte la falta de una acción disciplinaria de Juan Pablo II hacia Marcial Maciel por tantos años.

La periodista mexicana Valentina Alazraki, corresponsal en el Vaticano desde fines de los años setentas, recientemente ha publicado el libro “La Luz Eterna de Juan Pablo II”. Se trata de una explicación de la forma en que el Papa ejercitó cada una de las virtudes teologales y cardinales en su vida. Un resumen de la “heroicidad en la virtud” de Juan Pablo II. Comprobar el ejercicio heroico de las virtudes en la vida de un siervo de Dios es un paso exigido para su beatificación. Una vez hecha esta comprobación, hay que aguardar el milagro. Este libro de Alazraki está basado en una entrevista que hizo a Mons. Sławomir Oder, quien fuera designado por Benedicto XVI como el promotor de la causa de beatificación de Juan Pablo II.

En “La Luz Eterna de Juan Pablo II”, Mons. Oder explica que el caso Maciel fue analizado como parte de las investigaciones en torno a la santidad del Papa. Concluye que en efecto, no hay culpabilidad de parte del Papa pues él confió en alguien que por su parte, lo traicionaba. Sławomir Oder explica que el Papa Juan Pablo II tendía a confiar plenamente en las personas. Así, en diversas ocasiones depositó responsabilidades importantes en personas que terminaron por traicionarlo: “Durante la causa de beatificación se determinó que, en efecto, Juan Pablo II delegó buena parte del gobierno interno de la curia a la Secretaría de Estado, y que en varias ocasiones, siguiendo el consejo de algunos de sus más cercanos colaboradores, confirió cargos importantes a personas poco dignas desde el punto de vista moral, o poco indicadas, dadas sus capacidades intelectuales o prácticas. Los teólogos llegaron a la conclusión de que un candidato a la beatificación no es un superhombre sin defectos o errores, y que un Papa no es un ejecutivo infalible de la Iglesia. El Papa sólo lo es en relación con decisiones doctrinales sobre fe y moral.” Revela Mons. Oder que para Juan Pablo II era motivo de gran disgusto descubrir que alguien lo había traicionado: “Si me han mentido, han perdido ya. No soy yo el que guía a la Iglesia, es Jesucristo”.

Juan Pablo II confió en Marcial Maciel. Un hombre cuyas obras fundadas hicieron mucho bien a miles de personas pero cuya doble vida provocó un inmenso daño moral a aquellos de quienes abusó y a aquellos que depositaron en él su confianza y filiación espiritual.

En todo caso, la culpa no es de quien confió en Maciel apoyándose en el fruto de su obra apostólica. Sumada más bien a las grandes culpas de Maciel, está la culpa de haber sido capaz de engañar al Papa mismo. De haber traicionado entre tantos otros, a Juan Pablo II, quien depositó en él toda su confianza. Un episodio ciertamente triste en la historia de la Iglesia, pero para nada nuevo. Cristo mismo fue traicionado por uno de sus más amados por 30 monedas de plata.

La bondad de Juan Pablo II es indudable y de esa bondad surgía su capacidad de confiar en los demás por encima de pensar mal de nadie. En todo caso, de esa bondad supo aprovecharse Marcial Maciel.

La fama de santidad de Juan Pablo II llevó a los fieles a llevar pancartas a sus funerales clamando “Santo subito!” en italiano: que se declarara santo de inmediato. Finalmente, la garantía de su santidad no requiere explicación ni justificación alguna. Quien vio al Papa Juan Pablo II al menos un instante al pasar por las calles en su papamóvil, sintió invariablemente la presencia de Dios emanar de su persona con una fuerza imposible de explicar, pero vivencialmente contundente. Es ahí, en los corazones, donde la verdad de Dios hace su morada. En esos millones de corazones que vibraron al ver pasar por las calles un santo en papamóvil.

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